Una mesa de madera y acero
Mario Navas (January 26, 2010, 12:09 am)
Un hombre… un hombre sentado al frente de una mesa, larga, una mesa de madera y acero, un hombre con problemas mentales.
Una noche frÃa, una noche de octubre, avanzaban las horas…
En el piso a una mujer tirada un grueso hilo de sangre la recorrÃa, como si la estuviese amando en sus últimos suspiros, su corazón palpitando poco a poco se detenÃa, sus manos estiradas, sus dedos temblorosos y su garganta cortada. Una herida habÃa sido infligida, una sutil, una mortal. Una herida hecha, para sufrir…
Inmóvil y con sus ojos desorbitados por la adrenalina del momento él la miraba y reÃa, tal vez de miedo, tal vez de gusto. Se acercaba y susurraba en su oÃdo, hundÃa la lengua en su oreja, hundÃa el dedo en su ojo, tomaba su sangre y la escupÃa.
Intentando gritar sentÃa y sabÃa que sus fuerzas poco a poco la abandonaban, que no podrÃa salvarse, no con este hombre sentado allà mirándola, que su garganta ya la separaba de su corazón y éste a su vez se separaba de su mente y asÃ, al mismo tiempo, su alma tomaba un rumbo y su espÃritu agonizaba. No podÃa ya recoger sus brazos, comenzaba a sentirlos rÃgidos tanto asà como el acero, el mismo acero que adornaba la mesa, aquella mesa larga y en la que ahora era puesta la mitad de su corazón,..
Aún no habÃa muerto, ella querÃa vivir un poco más, sabÃa que no podrÃa salvarse pero aún asà intentaba robarle un segundo a la muerte. En esos lastimeros intentos intentaba gemir, intentaba mirar, pero ya sin un ojo y su garganta de par en par éstos intentos eran eso, intentos y nada más.
El hombre, aquel que provocó este escrito se paró, caminó y de nuevo se sentó. Ahora una cosa más -dijo para sÃ- tomó su maleta, aquella que llevaba en la espalda y sacó de allà un corazón, uno cortado también a la mitad, tomó un carrete de hilo, una aguja y se dispuso a coser. Con gran habilidad unió las dos mitades y por más raro que parezca comenzaron a latir como si de uno mismo se tratara, era sorprendente. Pasaron tres minutos y el nuevo corazón latÃa cada vez más rápido, la mujer en el piso, tirada y moribunda observaba todo con el ojo que aún tenÃa… cuando de pronto, del mismo lugar en el que se encontraba el hombre la voz de una chiquilla se dejó oir y preguntó: Papá, ¿has encontrado un corazón para mÃ? y fué allà mismo cuando ella entendió la causa de su muerte, de su agonÃa… y le perdonó.
¿Y sabes? era aquel mismo hombre, este del que hablamos, este mismo que en su fallido intento aquella noche de octubre, en una muy oscura, no logró salvar a su hija de las manos del destino, de las manos de aquellos que abusaron y terminaron con la vida de su hija, su única hija que en sueños venÃa y le decÃa la forma en que debÃa obrar para que pudiera salvarla. Aunque, dirÃa yo, que no era su hija, más bien, era su deseo de verla viva y su locura de saberla muerta que tomaba forma, se convertÃa en sueño y hablaba con él.
Un hombre… con problemas mentales sentado a la mesa.









